El día del funeral, decían del difunto tantas cualidades que en vida nunca escuchó, es más, tal vez es la única ocasión que sale en hombros como celebrando su mayor éxito, lo cual tal vez sea cierto, pues muchos de los presentes en las exequias fúnebres piensan:
¡Descansa en paz, que nosotros también!
La viuda lloraba inconsolablemente a quien fuera su compañero durante los últimos 30 años, y de quien no pasó día sin quejarse por su comportamiento, y no solamente una vez pensó: “Mejor sería que estuviera muerto”. Al final el pensamiento inconfesable, “¡se le cumplió!”: Se murió.
A partir de ese momento para orgullo de la viuda sus cualidades surgieron y como por arte de magia sus errores desaparecieron.
¡En vida hermano, en vida! Dice mi amiga Ana María Rabatté, ¿por qué no hacer la lista del vivo y no esperar que se muera para decírselo?
Para desarrollar a un ser humano no hay que atacar sus limitaciones, sino más bien ponderar sus potencialidades, reforzar sus cualidades no sus defectos.
Si de verdad amamos debemos ocuparnos en hacerlo crecer, enriquecerlo, hacer del ser humano un ser superior y no empeñarnos en empobrecerlo, degradarlo y humillarlo.
Si auténticamente le amas, demuéstraselo enriqueciéndolo, en hacer del otro, el ser que debe llegar a ser.
El amor debe siempre enriquecer, cuando destruye deja de existir.
“¡En vida hermano, en vida!”