Autonomía: ser padre es un arte, dejar de serlo también
Observó a su marido bastante afligido. “¿Qué te pasa?”, le preguntó.
“Realmente estoy preocupado por tu hermano Juan”, contestó y agregó: “Tu
papá nos paga la colegiatura de los niños; tu hermano Luis, la cuenta
del club deportivo; tu hermana Tere nos ayuda mensualmente para pagar el
automóvil; bueno, hasta la tía Chonita nos trae la despensa dos veces al
mes; en cambio tu hermano Juan no nos da nada, eso es de preocuparse”.
Ella reflexionó un momento y concluyó la charla diciendo: “Tienes razón,
Juan, a pesar de tener tanto dinero, no nos ayuda como los demás. No
comprende que no has podido encontrar trabajo en los últimos cuatro
años, y si no fuera por la familia ya hubiéramos muerto de hambre.
Claro, él te ofreció trabajo hace un par de años, pero lo que te propuso
no estaba a tu altura; voy a hablar seriamente con él, y si se niega
romperemos para siempre la relación. No es justo tener un hermano así,
¡qué vergüenza!”
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¿Siente que los demás tienen la obligación de ayudarle?
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¿Se cree víctima de la mala suerte?
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¿Son responsables los demás de que usted no logre lo que desea?
Hay personas que se acomodan en la vida manipulando a los demás para que
los ayuden, y por más que se haga algo por ellos nunca es suficiente.
Siempre, en su opinión, se les podría dar aún más. Regularmente se
inician viviendo una crisis económica y ante la ayuda incondicional de
las personas que los aman, empiezan a caer en el juego de víctimas hasta
que llega el momento de estar convencidos de que lo son. Para este tipo
de personas nada es suficiente, y cabría preguntarnos: ¿quién tiene más
culpa, el mártir o sus benefactores?
Es una tradición, en los países latinoamericanos, el que la riqueza esté
vinculada al pecado y quien la posee debe regalarla para salvar su alma.
Así se cree porque en el pasado, el conquistador adquiría sus bienes
fruto de la explotación, el saqueo y la esclavitud, y para limpiar su
conciencia entregaba generosos donativos a las iglesias; el reino del
cielo era para los pobres y el infierno para los ricos. Las bulas que se
pagaban en el siglo XV servían para adquirir derechos celestiales por
adelantado; se extendían certificados de perdón de pecados, los cuales
variaban su precio según las dimensiones del pecador. Este pasado se
asimiló en el inconsciente colectivo de los pueblos conquistados: el
derecho que tienen los pobres de ser ayudados por los ricos. Nuestra
realidad actual nada tiene que ver ya con ese pasado.
Desafortunadamente, en el pensamiento inconsciente heredado, hay quienes
creen asumir ese derecho, así como también algunos privilegiados sienten
culpa por haber logrado realizar una fortuna. En ambos casos se tiene
una visión equivocada de la realidad.
Por supuesto que produce sufrimiento ver las necesidades que padecen los
demás, más si éstos son de la propia familia. El sentido de fraternidad
y solidaridad nos lleva a ofrecerles ayuda aun cuando no la pidan; es
más, existen casos en que con el deseo de que vivan mejor las personas
que amamos, les entregamos lo que no han pedido.
Cuando el ayudado se da cuenta de que puede lograr lo que desea sin
esforzarse, se acomoda en la vida y se limita a extender la mano, a dar
las gracias y a pensar que lo recibido no es suficiente. El benefactor
se siente bien consigo mismo, pues gracias a él está sobreviviendo, aun
cuando no logra comprender por completo la insatisfacción velada que
refleja su beneficiado. Ambos han caído en un juego de codependencia.
Muchos padres de familia han caído en esta trampa, haciendo que sus
hijos adultos sigan siendo niños que dependen de ellos para resolver sus
vidas. Ser padre es un arte y dejar de serlo también. Lo que no
significa dejar de amar a los hijos, de estar alertas ante sus problemas
y de apoyarlos cuando sea necesario. Pero hay que educarlos para ser
libres y esto significa que se hagan responsables de sus propias vidas y
que luchen por alcanzar lo que desean. Es necesario que los padres se
retiren de seguir dirigiendo la vida de sus hijos, y por otro lado, es
necesario, en aquellas personas con síndrome de mártires, que borren de
su mente que los demás tienen la obligación de ayudarlas; que dejen de
creerse salmones nadando contra corriente y, liberando a los demás de
sus problemas, se dediquen a resolver su porvenir. La libertad solamente
se alcanza asimilando plenamente la autonomía y asumiendo la
responsabilidad de dirigir la propia existencia.
Miguel Ángel Cornejo
Fuente: Enciclopedia de la Excelencia
Infinitud humana
Tomo VII, pág. 2437